Creo que hay pocas experiencias en la vida como esta. Lo que se llega a sentir al asistir a una procesión del señor de los Milagros es inenarrable. Es la más grande del mundo, y hoy recorre algunas calles de Lima nuevamente, como lo viene haciendo en Octubre por más de 200 años.
Recuerdo la primera vez que fuí a la procesión, tenía yo unos 16 o 17 años. Un fuerte olor a saumerio fue lo primero que me llamó la atención, mientras esperabamos que apareciera a lo lejos el cristo de Pachacamilla.
De pronto a lo lejos lo vimos llegar, cargado por la cuadrilla de turno, miles de personas lo seguian, muchos lloraban y la fe y el sentimiento colectivo me escarapeló el cuerpo. Inenarrable.
El año pasado pude experimentar un milagro del cristo morado en carne propia, al salvarle la vida a mi hijo Alejandro, por lo que mi devoción y agradecimiento creció aún más.

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